Ardiente secreto

ardiente secretoMañana, 30 de septiembre a las 4.30 horas no volvemos a reunir en nuestro Club de lectura para comentar la obra de Stefan Zweig Ardiente secreto.

Escrita en 1910, la historia relata las vicisitudes de un niño enfermizo y sensible que se ve forzado a ver a su madre debatirse entre el desenfreno carnal y su propia abnegación como madre. Ambos, madre e hijo, llegan a un lujoso hotel austríaco para pasar unos días de descanso. Allí se encuentran con un barón apuesto y conquistador que decide seducir a la madre. Edgar -que así se llama el niño- se queda embelesado por el carácter del barón (que lo utiliza para aproximarse a Matilde, su madre) y pretende tenerlo como amigo íntimo durante el resto de su estancia en el mencionado hotel. “Ardiente secreto” es una de esas historias de infancia y del descubrimiento del mundo adulto y lo banal que puede llegar a ser. La fascinación que un niño puede sentir por pertenecer al “universo de los mayores” y la posterior decepción. Debilidades, mentiras, soledad, todo eso tan adulto que un niño desconoce y sin darse cuenta ansía. Una novela breve, maravillosa, que en su día agotó la primera edición (10.ooo ejemplares)  y fue elogiada por la crítica. Años más tarde llegó a los 17.000 ejemplares y, como el resto de la obra de Zweig, fue incluida en la lista de los nazis para la quema de libros.”Ardiente secreto está editada por Acantilado.”

«Se encontraba en esa edad decisiva en la que una mujer empieza a lamentar el hecho de haberse mantenido fiel a un marido al que al fin y al cabo nunca ha querido, y en la que el purpúreo crepúsculo de su belleza le concede una última y apremiante elección entre lo maternal y lo femenino. La vida, a la que hace tiempo parece que se le han dado ya todas las respuestas, se convierte una vez más en pregunta, por última vez tiembla la mágica aguja del deseo, oscilando entre la esperanza de una experiencia erótica y la resignación definitiva. Una mujer tiene entonces que decidir entre vivir su propio destino o el de sus hijos, entre comportarse como una mujer o como una madre. Y el barón, perspicaz en esas cuestiones, creyó notar en ella aquella peligrosa vacilación entre la pasión de vivir y el sacrificio.»

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